La concepción flácida del sistema estatal y la guerra cultural

Los dirigentes neocon que llaman a elegir entre “libertad o socialismo”, siguen la senda neoliberal de sacrificar la comunidad a costa de extender el espíritu de la empresa a todos los niveles de la acción colectiva e individual, llegando hasta el servicio público.

Una sociedad que se proletarice, como escribió Röpke, incrementa los deseos por parte de las personas más desarraigadas de ser rescatadas por el Estado, para que éste garantice sus necesidades, su seguridad económica y según los preceptos liberales el individuo no pueda responsabilizarse del fracaso personal (1).

Yamani Eddoghmi y J.L. Torremocha Martín

Los dirigentes neocon que llaman a elegir entre “libertad o socialismo”, siguen la senda neoliberal de sacrificar la comunidad a costa de extender el espíritu de la empresa a todos los niveles de la acción colectiva e individual, llegando hasta el servicio público (2). De facto niegan la vocación pública del Estado, porque entienden que el entramado burocrático funcionarial se mueve por recompensas y sanciones. Como escribió J. K. Galbraith, en su ensayo el nuevo Estado industrial: “En una sociedad en la cual la actividad económica esté intensamente sometida a motivación pecuniaria, esa motivación parecerá también normal en las relaciones entre las empresas mercantiles y el Estado. Se supondrá que los funcionarios públicos son naturalmente sensibles a la oportunidad de ganancias pecuniarias. Y la cosa no parecerá delictiva. Cuando la sociedad aprueba y aplaude el hacer dinero como sumo objetivo social, los funcionarios públicos pensarán corrientemente que es natural venderse o vender las propias decisiones al precio que los compradores estimen adecuado”. Por supuesto esta premisa es aplicable, especialmente a los políticos y no sólo a los funcionarios de carrera.

En este marco, el Estado no pierde su carácter coercitivo según Hayek a la hora de conseguir que el derecho mercantil o el derecho privado se cumplan (3), bajo el ideal de la Escuela Austriaca del dominio del derecho privado en la sociedad (4) y preservando el orden del mercado porque su eficacia lo justifica (5). Aplaudiendo a la dictadura si ésta protege determinadas esferas e impone el orden basado en la protección del marco individual.

“Bajo la idea de que el capitalismo es la solución a todos los problemas Ronald Reagan disparó el dogma de los gobiernos empresariales bajo los argumentos de los acuerdos público-privados”

Hasta la década de los 70 la desigualdad, el desempleo, la inflación se vinculaba al capitalismo. A partir de la contrarrevolución de los ochenta se trasvasan todos estos problemas al Estado. Bajo la idea de que el capitalismo es la solución a todos los problemas -como recoge la receta de Milton Friedman en Capitalismo y libertad (1962) (8)- Ronald Reagan disparó el dogma de los gobiernos empresariales bajo los argumentos de los acuerdos público-privados. Con la alianza de Thatcher; para así abanderar la revuelta fiscal e intentar conseguir a través de la economía cambiar las almas. Ya no se trataba solo de controlar las condiciones materiales de la gente sino de domar su espíritu.

Según esta concepción el capitalismo es la solución, y los estados en el diseño anterior a la contrarrevolución neoliberal crean más problemas de las soluciones que puedan aportar. Dogmas que durante las últimas décadas han logrado construir mantras como los que alimentó Charles Murray en Losing Ground, al afirmar que las ayudas disuaden a la población más vulnerable de intentar progresar. Tomando como ejemplo a las generaciones anteriores de migrantes que prosperaron en los EEUU. La población vulnerable no acepta el marco, por lo tanto es culpable, y los subsidios no hay que pagarlos.

Así es como revirtieron el orden culpando al subsidio por desempleo del drama del paro, lo que a todos los efectos señala a las personas desempleadas y más vulnerables de la sociedad. Las rentas mínimas de supervivencia, los subsidios por enfermedad o la ‘gratuidad’ de los estudios habría que eliminarlos porque producen ‘vagos’. Porque redistribuir la renta va en contra de la cultura del esfuerzo -una forma enrevesada de renombrar el darwinismo social-, no reduce las desigualdades, y desincentiva el progreso. Justificaciones  neoliberales sobre la declaración de la guerra a los sistemas de protección social y otros escudos con el único objetivo oculto de mercantilizarlos. Para ello no dudan en recurrir a otros sofismas tales como la insostenibilidad del sistema de pensiones por su elevado coste. Argumentos construidos desde núcleos de poder para vincular lo público a lo ineficaz, a diferencia de la gestión privada que se asimila a lo virtuoso y eficiente. Como llegó a afirmar Andrew Gamble: “Economía libre, estado fuerte”. El Estado no se retira, sino que adquiere otro compromiso bajo otro marco (9). Como la herramienta eficaz que es, pasa a un segundo plano dispuesto a intervenir de forma rápida e implacable para restaurar el orden siempre que el mercado lo necesite. En el relato oficial a esta forma de actuar se le da distintos nombres: “estabilidad”, “seguridad jurídica” o incluso “interés general”.

Y en este desorden, ¿quién manda?

A estas alturas no es un secreto que el Gobierno de coalición se ha visto a veces rebasado por las decisiones de las comunidades autónomas durante la pandemia. Ya lo advirtió Achille Mbembe: “Como las atribuciones oficiales no siempre corresponden a poderes reales y efectivos, no es extraño que autoridades superiores deban rendir cuentas a autoridades de nivel inferior”. La cúpula del PP sabe perfectamente que fragmentar el poder estatal y la proliferación de núcleos de poder paralelos -o al menos que el gran público lo perciba como tal- favorece sus propósitos. No descartemos que Pedro Sánchez en su estrategia política busque dicha fragmentación alimentando una guerra cultural cuyo epicentro está en Madrid. Lo que estos días sucede en distintas partes del país con mociones de censura fracasadas y otras presentadas precipitadamente y en el aire aún, junto con los nacionalismos periféricos enfrascados en su huida hacia adelante no hace más que reforzar la idea de un poder difuso, difícil de descodificar por parte de la mayoría de la población y dando necesarias respuestas simples a preguntas enormemente complejas. Es en esta simplificación de lo complejo donde el fundamentalismo conservador se mueve como pez en el agua.

“Make America great again” de Trump”; “Brasil por encima de todos, Dios por encima de todos” de Bolsonaro; “España para siempre” de Abascal… son eslóganes extremadamente simplificadores pero tremendamente eficaces.

La percepción de que el Estado es débil, resulte cierta o no, favorece el relato de la necesidad de un gobierno y un Estado fuerte. “Make America great again” de Trump”; “Brasil por encima de todos, Dios por encima de todos” de Bolsonaro; “España para siempre” de Abascal… son eslóganes extremadamente simplificadores pero tremendamente eficaces. Posiblemente Trump haya perdido las elecciones en EEUU, pero conviene recordar que mejoró su resultado en varios millones y que los suyos desbordaron la seguridad del Capitolio. Tampoco conviene olvidar que los seguidores de Bolsonaro son fanáticos religiosos que piensan que Dios está de su parte y por supuesto haríamos bien en tener presente que cada vez que se abren las urnas en España los de Abascal mejoran sus resultados. Es incomprensible y extremadamente peligroso habernos olvidado tan rápido de la intervención del eurodiputado ultra Janusz Korwin-Mikke negando la brecha salarial entre hombres y mujeres y expresando públicamente que las mujeres son inferiores a los hombres. 

Consignas que van en la misma dirección: la nación está en peligro y se necesita un gobierno y un Estado fuertes para salvarla. Esta forma de proceder se puede definir como la estrategia del “enmarañamiento” que corresponde y encaja en la concepción de “la flacidez del sistema estatal”. Suele suceder de la misma forma, lo que antes era un Estado fuerte y un sistema bien engrasado que funcionaba a la perfección, deja de hacerlo y parafraseando a A. Mbembe se convierte en un sinfín de “eslabones de una cadena flácida e inestable en la que ciertas decisiones paralelas coexisten con decisiones centralizadas”. Así es como se justifica la necesidad de un salvador, de un mesías, un varón fuerte capaz de elevarse por encima de sus propios intereses sacrificando su propio bienestar con el único propósito de salvaguardar la integridad política y moral de la nación que está siendo atacada en sus principios fundadores más elementales.

El fundamentalismo de lo emocional

El Estado-nación que antes configuraba la vida, y explicaba la totalidad de la realidad política a mucha gente… en este momento se ha fragmentado en sus dos partes. Por un lado, está el Estado que ha adquirido una connotación meramente instrumental y que además no tiene capacidad de generar pertenencia e identidad colectiva. Por otro, está la nación que se eleva a la categoría de cosa sagrada adquiriendo un carácter místico fuera de cualquier cuestionamiento o crítica y con una enorme capacidad de generación identidad colectiva. El Estado pues, se libera de toda carga moral o ética -si alguna vez la ha tenido- reduciéndose su papel a un mero brazo ejecutor. Una organización burocrática e impersonal. Una máquina capaz de cualquier cosa en su papel de protector de la nación amenazada, enormemente revalorizada y convertida definitivamente en un fin en sí misma. 

En toda esta ecuación lo emocional es lo verdaderamente relevante. Mientras tanto el otro lado -lo opuesto al fundamentalismo conservador- sigue inmerso en una discusión mecanicista. Generalmente centrada en la gestión material de la vida cotidiana, sin prestar ninguna atención a esas identidades subalternas que definen la vida de millones de personas, pero que rara vez tienen la oportunidad de salir a la superficie. Aunque cuando lo hacen sus consecuencias resulten dramáticas.

“El campo progresista ha aceptado de buena gana la visión estrecha de la política que se reduce a la mera gestión mientras que el campo conservador está inmerso en una guerra cultural sin cuartel”

En definitiva, el campo progresista ha aceptado de buena gana la visión estrecha de la política que se reduce a la mera gestión mientras que el campo conservador está inmerso en una guerra cultural sin cuartel. Lo subjetivo y lo emocional se han convertido en un campo de batalla política y el fundamentalismo conservador le saca rédito político. Gracias a ello la expresión política más extrema del fundamentalismo conservador se ha convertido en un actor de primer orden.

El campo progresista no puede caer en la trampa de lo emocional y subjetivo, pero tampoco puede echarse a un lado ni convertirse en un mero gestor por delegación y beneplácito de los que verdaderamente detentan el poder. Toca reiniciar la política, reivindicando el conflicto como el principal de sus elementos y toca hacerlo desde abajo buscando espacios de creación y construcción de afinidades. Estos espacios deben ser necesariamente de proximidad. Donde la contienda se hace más personal, cercana y con un enorme potencial de reciprocidades y reconocimiento mutuo. Lugares donde se aprende verdaderamente a construir la comunidad y en estos momentos aparentemente desconectados y narcotizados, pero todavía dispuestos a activarse.

NOTAS

(1) W. Röpke, Civitas humana ou les Questions fondamentales de la Réforme économique et sociale, trad. P. Bastier, Librairie de Médicis, París, 1946, p.231.
(2) Peter Drucker, Les Entrepeneurs, Hachette, París, 1985
(3) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa. Reedición 2015 (Barcelona). p.156
(4) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa. Reedición 2015 (Barcelona). págs.176-177.
(5) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa. Reedición 2015 (Barcelona). p.178.
(6) M.Crozier, S. Huntington y J.Watanuki, The Crisis of Democracy: Report on the  Governability of Democracies to the Trilateral Commission, New York University Press, Nueva York, 1975. P. 114
(7) A.Guamán, A. Aragoneses, y S. Martín, Neofascismo. La Bestia neoliberal. Siglo XXI, Madrid (2019). págs.53-54.
(8) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa. Reedición 2015 (Barcelona). p.210.
(9) Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa. Reedición 2015 (Barcelona). p.190.

Publicado en Nueva Tribuna.

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