As de guía

Para ganar la contienda ideológica, primero hay que lograr la hegemonía sobre las palabras. Como decía Michel Foucault: “Quien nombra las cosas tiene el poder sobre ellas”. Las palabras no son vacías, no son voces en el éter, las palabras evocan mundos, construyen imágenes e imaginarios.  

Vivimos en una fosa, en una falla de tiempos en crisis. Crisis de sentido y de imaginario, las mayorías ya no son capaces de construir mundos nítidos porque las palabras hace tiempo que perdieron su inocencia. Ya no hay imágenes colectivas, hace tiempo que no logramos un imaginar compartido, ni tampoco dar sentido colectivamente a las cosas que nos importan.

El espacio y el tiempo, el presente y el futuro se solapan desenfrenadamente en un sinsentido, solo superado por tiempos oscuros, tiempos en los cuales la verdad se pensaba en términos de mentira, alguien dijo una vez: “La mentira es algo maravilloso hasta que alguien decide estropear contando la verdad”. 

No sabemos cómo empujar colectivamente el ser actual hacia el deber ser del futuro. De lo que no hay duda es que las palabras deben recuperar su soberanía, las personas debemos vernos capaces de usar las palabras para imaginar mundos y poder realizarlos.

Tomemos conciencia de la necesidad de la recuperación del sentir colectivo y el latido del corazón común que no es otro que el vivir compartiendo el espacio y construyendo conjuntamente el sentido de nuestro tiempo. 

Para ganar hay que imaginar y para imaginar hay que disponer de las palabras adecuadas. Quienes disponen del poder o al menos tienen una concepción patrimonialista del mismo lo saben y para ello dedican todo sus esfuerzos resignificando palabras. 

Para ellos la democracia ya no es aquel poder que emana del pueblo, ni la soberanía popular puesta en marcha, sino tan solo la capacidad de elegir entre un producto y otro. 

Para ellos la libertad ya no es la enorme palabra que resituó al hombre moderno en el centro del mundo otorgándole soberanía y capacidades divinas, apenas se trata de una palabra entre otras muchas que sirve para que los ricos se hagan más ricos aún, incluso a costa del sufrimiento y el dolor de los demás. La libertad es para ellos la libertad de consumir sin límite, sin tener en cuenta siquiera la estética y menos aún la ética.  

Progresista ha dejado de ser ese grupo social que remueve los hilos del presente sin dejar de mirar hacia el futuro, no es esa persona capaz de sentir el sufrimiento del más débil del que no llega a la cima y ser capaz de andar a su ritmo. Es tan solo ese inocente, ingenuo y antipatriota aliado del los enemigos de la patria sea cual sea ésta. 

Todos aquellos y aquellas que se dicen pertenecientes al campo progresista están obligados a someterse a un profundo ejercicio performativo y averiguar su lugar exacto en la contienda que se está librando. De no hacerlo contribuirán a que en el futuro la vida colectiva y en comunidad se convierta en entelequia,  y nuestro tiempo  se asocie al individualismo y el egoísmo. Sin duda todos y todas deben averiguar el lugar y la función que quieren ocupar tanto en el plano sociológico como en el proceso histórico.

Las palabras evocan imágenes, construyen significados y conforman el sentido común. Toca  hacerse con las palabras, sus significados y sentido. Hay que adueñarse de ellas porque solo así nos adueñamos del mundo y de su sentido. Toca recuperar todas las palabras, resignificar aquellas manoseadas por los reaccionarios y con ellas imaginar un nuevo mundo.  

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