Libertad para el suicidio en el ruido pandémico

El ruido pandémico tapa la intensa lucha que se está librando en el plano ideológico, sin que la sociedad perciba la contienda entre capitalistas y los productores, en la que pierde la mayoría.

Yamani Eddoghmi y J.L. Torremocha Martín

El problema no es el virus en sí, como la solución definitiva no será tampoco la vacuna. Aun así ésta llega a cuenta gotas a  las poblaciones más vulnerables a un paso de la cuarta ola.

Las dinámicas de crecimiento infinito del PIB como motor de la economía que destruyen la naturaleza, y que limitan los espacios ecológicos de los seres silvestres, son el motor del coronavirus, sus mutaciones y las que vendrán. Es este modelo depredador el que causa y expande las enfermedades infecciosas (1). 

La covid-19 es apenas un adelanto ante la catástrofe climática que viene. Los seres humanos tendrán que cambiar el modelo actual si pretenden vivir en el planeta tierra. Se calcula que en el globo hay 500.000 tipos de virus potencialmente peligrosos. Cuarenta años han bastado para que medio centenar de agentes infecciosos causaran daños importantes a las personas (2).

Por eso explicar la extensión del coronavirus va más allá de limitarla a la zoonosis asociada al consumo de animales. Hecho que ha servido para fomentar los discursos de odio (3), al igual que otros bulos de teorías de la conspiración que culpan a China de crear el virus en sus laboratorios a pesar de que al igual que occidente no se ha librado de los efectos de la pandemia. Los bulos, ahora llamados fake news, ya proliferaron con el VIH en los años 80. Como entonces, las teorías de la conspiración se quedan con el morbo, se alejan de la raíz de los problemas y nunca se cuestionan los privilegios de los que más tienen y que por supuesto son los verdaderos beneficiados del modelo depredador.

Ni el virus fue el causante del colapso de los hospitales en Europa, ni las vacunas salvarán las vidas que se pierdan por la saturación de la atención primaria, colapsen o no las UCIS de nuevo este año. Entre 2009 y 2017 se restaron 45.000 camas. Gran Bretaña pasó de 10,7 camas por 1000 habitantes en 1960 a tan solo 2,3 en 2013; entre 2000 y 2017, el número de las mismas se redujeron un 30 por ciento (4). En el Estado español, había 3,22 camas hospitalarias por 1000 habitantes en 2010, los indicadores del Sistema Nacional de la Salud ocho años después muestran que lejos de aumentar se situó el balance en menos de 3 por 1000 habitantes.

Cuando los servicios públicos funcionan, poco margen de beneficio tienen los intereses privados. España nutre con el 9% de su PIB la sanidad, en el reparto la sanidad pública se lleva el 6,4 por ciento y el 2,6  la privada. El gasto sanitario privado sobre el total duplica al de Alemania, y convierte a España en uno de los más exagerados del continente por encima de la media de la  OCDE. Las residencias se han llevado la peor parte de la pandemia. Al igual que la sanidad, la privatización de otro servicio esencial para la vida tiene en España otro claro ejemplo. El 75 por ciento de los centros son privados según el Imserso. Lo que explica el peor servicio a un mayor coste (5).

La privatización de los sistemas sanitarios hace creer a quienes tienen más renta que se librarán de la acción mortal de los virus porque con sus recursos se garantizarán el acceso a la sanidad privada.

Los datos de momento han aportado que el virus sí entiende de clases sociales. Hay un 26 por ciento más de personas contagiadas  por coronavirus en Nous Barris que en Pedralbes, o el doble de mortalidad por covid-19 en las zonas pobres de Inglaterra y Gales. La peor parte de la pobreza, los riesgos de contagio y la precariedad sigue recayendo en las mujeres. Esenciales siempre para la supervivencia, pero invisibilizadas. Lo contrario que los Jeff Bazos, Amancio Ortega de turno que disfrutan del premio del reconocimiento por crear supuesta riqueza tras aumentar sus beneficios cuando la humanidad se encerró.

La desigualdad se extiende con la covid-19. Azota a España, que tiene el cuarto peor registro de toda la Unión Europea. El mismo país en el que quienes se bañan en euros aumentaron un 4 por ciento, y en el que hace dos años 617.000 hogares no ingresaron ni un euro, y como apunta Save The Children resultó especialmente hostil para los menores de edad. Según UNICEF 1.500 millones de niños y adolescentes no pudieron asistir a la escuela en todo el mundo, cerca de 9 millones de residentes en el Estado español se vieron afectados. Naciones Unidas calcula que 463 millones carecen de la posibilidad de seguir el curso a través de la educación online (6).

Si la crisis de 2008 trajo unos 4.000 suicidios, 13 años más tarde se estima que por cada punto porcentual que aumente el desempleo cerca de 800 personas se quitarán la vida (7). La única garantía de libertad individual que en décadas se podrá salvaguardar para las personas más desfavorecidas en el futuro, si el marco y el modelo actual mantienen su hegemonía.

¿Gestores o burócratas?

Uno de los errores graves del campo progresista es centrar casi toda su actuación política en la economía. Se piensa erróneamente que generando un discurso alrededor de las condiciones materiales de la clase trabajadora es suficiente para que ésta se deslice lenta pero segura hacia posiciones progresistas. Si así fuera las grandes crisis como la de 2008 y la actual generada por la covid-19 deberían reforzar a los partidos de izquierdas en el gobierno o en la oposición.

Nada más lejos de la verdad, la derecha sigue teniendo una gran capacidad de maniobra y de influencia. Si nada, ni nadie lo remedia, el sistema y el sentido común reinante en la actualidad saldrán muchísimo más reforzados de lo que se pensaba.

No hay que engañarse, independientemente del color político o la ideología de los gobiernos, ambas crisis se gestionaron del mismo modo: un disciplinamiento feroz de la población basado casi exclusivamente en el uso intenso y extenso de la violencia tanto simbólica como física.

El ruido pandémico tapa la intensa lucha que se está librando en el plano ideológico, sin que la sociedad perciba la contienda entre capitalistas y los productores, en la que pierde la mayoría.

Para que los capitalistas puedan parasitar el esfuerzo de quienes trabajan es necesario convertir a los sujetos en consumidores. La manipulación masiva, y la publicidad agresiva resultan ser el recurso más efectivo para lograrlo, así ha sido en las últimas década y no podía ser de otra manera en el momento actual.

Las grandes crisis son momentos críticos, la derecha lo sabe y las utiliza con gran maestría

Si se analiza la práctica política hoy en día se aprecian dos formas de afrontar los problemas de la sociedad. Está la de los progresistas que se centra casi exclusivamente en las condiciones materiales de las capas más desfavorecidas de la sociedad. Convirtiéndose en meros gestores -por no decir burócratas – ; y la de la derecha que se caracteriza por ser una política pendular entre lo objetivo y lo subjetivo.

Entre las condiciones materiales de las masas populares, aunque generalmente de forma engañosa, y en lo emotivo basado principalmente en el factor miedo y lo  identitario. No se puede obviar el hecho de que en la actualidad la ciudadanía, especialmente en las sociedades más ricas, se define en función del acceso al consumo, la derecha lo sabe y de ahí su absoluta aversión al cierre total del mercado.

“La victoria sobre el elemento reaccionario está asegurada si se toman las cosas por la raíz, si se es consciente de su proceso contradictorio”, dijo Marx. Uno de los triunfos más importantes del sentido común neoliberal ha sido la eliminación de las contradicciones; llegando al punto de establecer una mentalidad en la población cercana al sindicato vertical franquista, en el que la mayoría tuviera la absurda idea de formar parte de lo mismo que la minoría pudiente.

La eliminación del pensamiento de clase quizás sea el éxito más notorio del actual sistema. La creación de una clase media que se percibe y explica a sí misma desde afuera.

La eliminación del trabajo como elemento fundamental a la hora de definir nuestra clase social, y su sustitución por el acceso al consumo como elemento identificativo han diluido las categorías sociales. Debido a esta circunstancia un porcentaje importante de lo que en rigor sería clase trabajadora se percibe a sí misma como clase media, basándose casi exclusivamente en su potencial acceso no al mercado laboral o sus ingresos reales sino en su capacidad para consumir.  Las imágenes del viernes pasado cerca de la medianoche en la madrileña calle de Espoz y Mina no lo pueden sintetizar mejor.

NOTAS:

(1) Jorge Riechmann, “La crisis del coronavirus desde el ecosocialismo gaiano”. Viento Sur. Nº. 169. Abril 2020
(2) Esther Samper, “Un mundo concienciado y preparado para futuras pandemias”. Suplemento #29 de eldiario.es.
(3) Juanjo Álvarez, “Sociedad tomada”. Viento Sur. Nº. 169. Abril 2020.
(4) Stephen Bouquin, “Una tormenta perfecta”. Viento Sur. Nº. 169. Abril 2020
(5) Inforesidencias
(6) Belén Remacha, “El día que cambiaron la pizarra por la pantalla”. Suplemento #29 de eldiario.es.
(7) María Sánchez Díez, “Locos por el Coronavirus”. Suplemento #29 de eldiario.es.

Publicado en Nueva Tribuna.

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