La sociedad de la insatisfacción

Yamani Eddoghmi

Jean Baudillard, ya nos avisó de queel consumo nunca será una lógica de lo lleno y del demasiado, sino una lógica de la carencia pues esta está ligada al sistema de producción y de manipulación de los significantes sociales que engendran esa insatisfacción crónica”. Si uno cae en la trampa del consumo acabará bajando, sin remedio, a los infiernos de la decepción crónica. 

Generalmente cuando pensamos en el consumo podemos racionalizarlo del siguiente modo: sujeto-necesidad-objeto; eso es, una persona (sujeto) tiene hambre (necesidad) consigue comida (objeto), sencillo, verdad. Ojalá así fuera. El problema es la existencia de otra forma de construcción racional/irracional del consumo, así como  la siguiente: sujeto-significado/sentido-objeto/deseo. En esta segunda forma de objetivación del concepto: consumo; el paradigma es completamente diferente: el sujeto ya no persigue la satisfacción de un hecho tangible como puede ser el hambre. La lógica aquí adquiere una dimensión mucho más subjetiva y se mueve en el espacio de lo simbólico. Persigue, por así decirlo, la satisfacción de unos impulsos íntimos y una aspiración generalmente construidos de un modo ficticio y proyectada hacia un afuera, hacia un espacio concebido y construido mediante estímulos activados por insondables disparadores.    

En la nueva forma de consumo ya no se trata de promocionar un producto, es decir ya no es relevante conocer las virtudes y utilidades de un objeto o servicio; lo significativo es vender la “idea de”. Aunque el cambio es sutil y no le veamos mucha importancia, el salto cualitativo es verdaderamente de una enorme relevancia. Lo importante ya no es poseer un objeto sino la satisfacción que transmite la idea del tener en sí. Simplificándolo más aún, de lo que se trata es de obtener, porque el acto en sí es lo que importa ya que por encima de todo el reconocimiento derivado del acto de la adquisición es lo verdaderamente significativo. A fin de cuentas, se trata  de la construcción de una nueva racionalidad relacional. Nuestra vinculación con el mundo social se sustenta hoy en día según la búsqueda del reconocimiento. Un reconocimiento  cimentado sobre la propiedad. El nuevo paradigma se basa en que la tenencia es el fundamento de nuestro ser social. 

El trasvase masivo de la construcción del sentido de lo real a lo virtual sigue esa misma lógica perversa, el sujeto, cada vez más se encuentra en conflicto y competencia con otros sujetos cuya existencia es supuesta y que se mueve en espacios algorítmicos, líquidos e intangibles. La lógica retorcida, pero igualmente vieja, de este nuevo modelo es una supuesta escasez. Lo que subyace a un like, por ejemplo, es una competencia por un bien escaso que produce una sensación de satisfacción frágil que hay que alimentar permanentemente. Todo ello, hace que el sujeto viva en el descontento permanente, convertido muchas veces sin siquiera saberlo en producto. En un sentido racional. Se pierde el sujeto para convertirse  en objeto. 

Atendiendo  a la lógica del sistema en que nos ha tocado vivir, todo objeto es susceptible de convertirse en mercancía; es pues de sentido común pensar que como cualquier mercancía debe necesariamente tener un propietario. Siguiendo la estela de Shoshana Zuboff, podemos decir que nuestro comportamiento en el espacio virtual es “materia prima” de  enorme valor mercantil convertido ya en propiedad privada de las grandes “empresas del capitalismo de la vigilancia”. 

Claro está que las mercancías, por norma general, están sujetas a la ley sagrada del mercado que no es otra que, la maximización del beneficio. La diferencia en este caso erradica en que, estamos ante una mercancía que es a su vez sujeto, por lo tanto el control debe ser más férreo si cabe. “Desde nuestras voces hasta nuestras personalidades y nuestras emociones incluso” (Zuboff, P.18) deben ser sometidos a mecanismo de modificación conductuales. “Con el tiempo, los capitalistas de la vigilancia descubrieron que los datos conductuales más predictivos se obtienen interviniendo en la marcha misma de las cosas para empujar a persuadir, de afinar y estimular ciertos comportamientos a fin de dirigirlos hacia unos resultados rentables” (ibíd.). 

Un ejército de soldados, bien entrenados, se encarga de dirigir nuestra atención y por lo tanto comportamiento en una dirección y no en otra. Personajes públicos, anónimos  convertidos en celebridades, incluso seres anodinos se encargan de marcarnos el camino y la pauta a seguir en una lucha sin cuartel por la consecución de un reconocimiento y una satisfacción insustanciales cuyo único objetivo es seguir produciendo conductas con valor de mercado y a toda costa. 

Al final del camino y de esta operación bien orquestada nos encontramos ante una sociedad permanentemente descontenta, desconectada de la realidad y centrada en lo inmediato y lo superfluo. El resultado son individuos zombis, muertos vivientes cuya existencia transcurre en una realidad paralela y con una falaz sensación de poseer el mundo en sus manos a través de chismes que a la vez que nos acercan un mundo fantástico y mágico nos alejan cada más de nuestro ser social y del mundo real. 

Lo paradójico es que mientras la sensación de control aumenta la realidad nos dice todo lo contrario; cada vez ejercemos menos dominio sobre nosotros mismos y nuestras vidas, cada vez gran parte de nuestra existencia transcurre fuera de lo que realmente podemos controlar. En definitiva, el poder real que ejercemos sobre nuestro mundo incluso sobre nosotros mismos es cada vez más exiguo. De no remediarlo como sociedad estamos abocados a ser secuestrados si no lo estamos ya. 

NOTAS:

Shoshana Zuboff. La era del capitalismo de la vigilancia, La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Editorial Planeta, S.A. 2020. Barcelona.

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