Los grandes errores del régimen de Mohamed VI

Yamani Eddoghmi

El régimen de Mohamed VI ha cometido varios errores que amenazan con desestabilizarlo. Aparentemente el mismo es consciente de ello, de ahí el enorme ataque, últimamente, a la oposición. El régimen no parece dispuesto a ceder espacio a ninguna  expresión política y social que pueda generar relatos alternativos al suyo. En mi opinión, el régimen de Mohamed VI ha cometido tres grandes errores de los cuales pueden derivar consecuencias muy poco halagüeñas para su permanencia, al menos en su forma actual y, para el país.

El primer gran error viene de lejos, Mohamed VI heredó de su padre un estilo de ejercer el poder y lejos de cambiarlo por uno propio; en algunos aspectos incluso lo potenció. Hasan II, por ejemplo, no dejaba ver tan descaradamente su intervención en la economía y en los negocios. Debido al alineamiento, temprano, de Hasan II, con el bloque occidental capitalista, a la historia del país y al papel fundamental del Movimiento Nacional en lograr la independencia, el nuevo régimen se vio obligado a dar una imagen de democracia, al menos en su aspecto formal  y así dar la impresión de una alternancia  en el gobierno pero no en el poder.

Para ello, se vio forzado a tolerar organizaciones políticas, sindicales y sociales, entre las cuales algunas gozaban de una gran implantación y legitimidad entre las capas populares. El régimen se ha visto arrastrado a organizar elecciones de forma más o menos regular aunque siempre controladas desde palacio.  De todas formas, el régimen marroquí, nunca se encontró del todo cómodo con la idea de compartir esferas de poder por exiguas que sean y por ello una de las formas de control ha sido y sigue siendo el sometimiento de los partidos políticos. La obsesión de las autoridades marroquíes por domesticar todos los demás actores convirtiéndolos en secundarios al servicio de la monarquía le llevó,  ya con Hasan II, a fundar partidos afines cuya única misión ha sido fragmentar el arco parlamentario y de esta forma garantizar el papel central del monarca de turno. Además, de este modo se disponía de organizaciones vacías a quienes recurrir en tiempos de crisis si alterar la ansiada apariencia democrática. 

Para evitar cualquier posible fuga de poder, la monarquía ocupó de vaciar los partidos políticos históricos. La manera con que se llevó a cabo esta estrategia, ha sido de dos modos: otorgándoles responsabilidades de gobierno aceptando ser actores secundarios. De este modo la monarquía conseguía sus objetivos sin ceder espacio de poder. Tres serían los casos paradigmáticos: el  del Partido de la Independencia (PI), el del Partido Socialista Para las Fuerzas Populares (PSFP) y por último el del islamista Partido Justicia y desarrollo (PJD). La otra manera fue la eliminación de los líderes más resistentes a integrarse en la primera estrategia. Los dos ejemplos más relevantes son el asesinato de Mehdi Ben Berka, con la necesaria colaboración de Francia y el de Omar Benjelloun, en este caso la colaboración la tuvo en los islamistas. 

En la actualidad y despuésés de la debacle electoral del PJD, el turno le ha tocado al partido Reagrupación Nacional de los Independientes (RNI). Un partido creado en 1979 por Ahmed Osman -yerno de Hassan II- y actualmente dirigido por el empresario Aziz Akhennouch, amigo personal de Mohamed VI y la persona máss rica del país detrás del propio monarca. Es decir, que se da la combinación perfecta entre los negocios y la gestiónn de la Res publica. Akhennouch dirige actualmente una coalición de gobierno formada por tres partidos: el Partido de la Independencia, el único partido histórico, heredero del Movimiento Nacional y completamente integrado en las estructuras de poder; el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), creado en 2008 por el amigo personal de Mohamed VI, Fouad Ali el Himma, que llegó  incluso a ocupar la secretaría de Estado del interior. El PAM se considera un partido inspirado por el propio monarca. De estos ejemplos, aunque no son los únicos, vemos que la monarquía juega un papel axial en la política marroquí y no lo hace únicamente por el papel institucional –jefatura de Estado- que le otorga la constitución sino que además se preocupa por moldear el paisaje partidista en particular y el político en general según sus propios intereses. 

De esta intervención masiva en la política puede derivar un problema que la monarquía no ha previsto; tras todos estos años de manipulación,  vaciamiento y domesticación de los partidos políticos; éstos han perdido cualquier atisbo de legitimidad; un buen indicador de ello son las cifras de la abstención electoral y la falta de confianza por parte de la sociedad marroquí, en especial de los más jóvenes, en la política en general y los partidos políticos en particular. Es posible que para las siguientes elecciones la monarquía no disponga de partidos y líderes políticos capaces de garantizarle la anhelada imagen de alternancia que tanta falta le hace. Si finalmente este potencial escenario se hace realidad, está claro, quién pagará las consecuencias es la propia instituciónn monárquica. El rey quedará al descubierto frente a la sociedad ya que la institución que lidera se encargó, durante décadas, de arrinconar los intermediarios que hasta ahora le han servido de parapeto. 

El segundo error es la manera con que esta ha gestionado el problema del Sáhara Occidental. La cerrazón del régimen –con el rey a la cabeza- y su negativa a escuchar opiniones alternativas, puede llevar el país a un problema de agitación social sin precedentes. La explicación a mi juicio es que desde la Marcha Verde, allá en 1975, el régimen ha ligado su destino al del Sáhara, Hasan II decía que “si el Sáhara salta la monarquía salta”. Es más, se ha esforzado en convencer al pueblo marroquí de que solo ella es capaz de resolver el problema de manera satisfactoria y a cambio ha exigido un compromiso y una obediencia inquebrantables, cosa que ha obtenido durante todos estos años.

El problema es que el tiempo pasa y el asunto sigue enquistado y la sociedad marroquí aunque de momento sigue callada empieza a inquietarse y a perder la paciencia. Muchos se están dando cuenta que están pagando un precio muy alto. La sociedad marroquí nunca llegó a pensar que la resolución del problema del Sahara iba a acarrearle el abandono de la causa palestina y la normalización de las relaciones con Israel. La ciudadanía marroquí siempre ha considerado a Palestina como causa nacional comparable en importancia a la de la integridad territorial del su propio país. Esto ya no es así y fue el propio monarca quien se encargó de quebrarlo. Ese es uno de esos precios muy altos del que la sociedad marroquí empieza a ser consciente. 

En mi opinión, el pueblo marroquí que hasta ahora se ha mantenido al margen de la gestión del problema del Sáhara Occidental y le ha concedido a la monarquía la libertad casi absoluta; con la renuncia a la causa palestina la exigencia va a ser cada vez mayor. Es muy posible que a partir de ahora la sociedad marroquí vaya a ser mucho más reactiva y exigente respecto a los resultados conseguidos. Poco a poco iremos viendo una cierta actitud impaciente por parte del pueblo marroquí hacia sus dirigentes y en especial hacia el monarca. 

La guerra en Ucrania sin duda aumentará los problemas del régimen marroquí. Está claro que durante un tiempo, ya veremos cuanto, Argelia adquirirá un papel estratégico mucho más grande del que ha tenido hasta el momento. Tras el bloqueo a Rusia, el gas argelina se convertirá en un suministro vital para las economías europeas y consecuentemente la importancia del país magrebí. Mohamed VI lo sabe, de ahí el posibilitar, hace apenas unos días, la entrada de 2500 personas a Ceuta, de los cuales 500 lograron entrar en la ciudad autónoma. 

Por supuesto, venta de gas significa ingentes recursos que Argel puede destinar a su rearme, hecho que obligará a Marruecos a hacer lo mismo, dilapidando así recursos ya de por si escasos. El dilema de la seguridad que viene operando entre ambos países desde hace décadas se verá potenciado, ya que Argelia como es lógico querrá aprovechar la coyuntura para  llevar al Estado marroquí al borde de la quiebra, de un modo o de otro el régimen de Mohamed VI tiene todas las de perder.

La dilapidación de unos recursos, ya de por sí escasos, tarde o temprano  se traducirá en una crisis económica y social a la que seguramente el régimen no podrá hacer frente sin acudir, como siempre, a las instituciones internacionales, como puede ser el Fondo Monetario Internacional (FMI) o a las monarquías del Golfo, un hecho que sin duda se traducirá en más pérdida de soberanía como ya ha ocurrido en otras ocasiones. Al pueblo marroquí, sin duda, le resultará muy difícil  comprender la situación y menos aún aceptarla por la contradicción que supone. En mi opinión, la sociedad marroquí no llegará nunca a comprender que a pesar de las enormes renuncias en pro de la integridad territorial y una mayor soberanía nacional acabar justo en el lado opuesto.  

El tercer error cometido por el monarca marroquí y su régimen es el de abandonar la tibia senda de las reformas que supuso una mínima apertura política en los inicios de su reinado y recuperar el viejo régimen opresor heredado de su padre. 

Mohamed VI tuvo dos grandes oportunidades que no supo o no quiso aprovechar. Recién llegado al trono y pese a las resistencias de la vieja guardia, “el rey de los pobres” como él mismo se autodenominó, gozaba de una enorme legitimidad que junto con un soporte popular inquebrantable le otorgaban las herramientas necesarias para emprender los cambios o al menos poner el país en la vía reformista. La segunda se la dio el movimiento 20F, la traducción marroquí de la Primavera Árabe.

En aquel momento la situación tanto interna como regional le era propicia para promover los tan ansiados cambios democráticos, desgraciadamente no supo o no quiso aprovecharla ni la una ni la otra. En el segundo caso, Mohamed VI, me imagino que mal aconsejado, cometió, además, el error que un rey nunca debe cometer implicándose personalmente y abandonando el papel de moderador y árbitro que la lógica aconsejaba. Los marroquíes aún conservan en la retina la imagen del rey votando la constitución que él mismo había encargado. La imagen de una monarquía que representa a toda la ciudadanía marroquí, independientemente de su filiación política e ideológica quedó enormemente comprometida, por no decir erosionada. 

El resultado de los tres errores aquí descritos, aunque no son los únicos, dejará a la monarquía sin los escudos que hasta ahora le han permitido sortear las sucesivas crisis. Las elites que hasta el momento le han servido de parapeto y han podido canalizar, incluso concentrar en ellas las frustraciones de la sociedad ya no existen o al menos están enormemente debilitadas. Muchos marroquíes, saben ya a ciencia cierta que el sistema político vigente en el país es, la monarquía ejecutiva y por lo tanto las demandas serán dirigidas a ella y ningún otro. De hecho esto ya ha pasado, los líderes del Movimiento Popular en el Rif, en 2017 se negaron a sentarse con los ministros enviados por el gobierno de Saadeddine Othmani y exigieron negociar directamente con Palacio. Tarde o temprano la monarquía se verá obligada a afrontar las consecuencias de su propia estrategia. La pregunta es: ¿Cuál será su estrategia esta vez?

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