Algo se cuece en la izquierda

Yamani Eddoghmi

La gente que se identifica con la izquierda anda estos días muy decepcionada y algo desorientada. Sin duda algo de razón tiene. Si nos fijamos en ambos polos de la política española en particular y europea en general, nos asaltan enseguida las dudas acerca de la capacidad de la izquierda para remontar la enorme brecha que la separa de la derecha, ultraderecha y a veces de los partidos tradicionales del status quo

Indudablemente la derecha tiene sus problemas resueltos. Todas sus crisis acaban, incluso las más dramáticas acaban con una única solución, descabezando el partido y volviendo a recomponerlo alrededor de un nuevo liderazgo supuestamente más fuerte.

La derecha generalmente no se enzarza en debates que duran, días, semanas, meses, años, incluso décadas. El motivo es, a mi juicio, sencillo; la derecha tiene una concepción patrimonial del poder y ese es el marco donde se mueve, la derecha considera que está legitimada para tener y retener el poder y que todo lo demás son artificios, incluso cuando, aparentemente, lo cede en realidad lo hace para reforzar la legitimidad del mismo y a sabiendas de que sus intereses están a buen recaudo. 

La relación de la derecha con el poder es clara y no admite discusión alguna, mientras que la izquierda debate sobre las ideas la derecha lo hace sobre los intereses, eso decía José Mujica. La derecha, además, tiene otra característica, su poder no excede a elites muy restringidas y con una percepción de sí mismas como clase y bloque de poder. Los partidos políticos, en este caso no son más que gestores visibles del interés compartido de dicho bloque. Pero ojo el dominio y la hegemonía de la derecha son totales y absolutos, abarcan todas las esferas de la sociedad y no dejan nada al azar.

Mientras la izquierda entiende que, la particularidad principal del poder es su carácter social, la derecha lo considera un hecho natural. La diferencia puede parecernos sutil pero es relevante. Un poder social es construido y definido conjuntamente en el seno de la sociedad. Un poder natural es inamovible, es un poder separado.

El poder según la concepción de la derecha es divino, solo pueden disponer de él los elegidos y por tanto no es algo que se deba discutir en sociedad sino en grupos reducidos para luego ser impuesto y legitimado por la sociedad. Todo ello nos lleva finalmente a la verdadera diferencia entre la derecha y la izquierda: 

Mientras tanto, la izquierda concibe el poder como un producto social y como tal debe su existencia a las relaciones sociales. Desde esa percepción el poder es societal. Es decir, que toma la sociedad en su conjunto y contrario a la concepción elitista considera que nadie puede disponer del poder desde fuera de la sociedad. Un fenómeno social es necesariamente un hecho inmanente. El poder para la izquierda no puede, de ninguna manera, producirse fuera de la colectividad y por ende es intrínsecamente producto del contacto entre personas inmersas en un permanente intercambio. Lo que nos lleva a un hecho absolutamente central, el ejercicio del poder implica un alto grado de reciprocidad, algo que brilla por su ausencia en la derecha.

  • La derecha, es hobbesiana, el hombre es un lobo para el hombre, es por tanto puro darwinismo social. El mayor logro de la derecha es convencer a las masas populares de la cultura del esfuerzo, no es que la izquierda tenga algo en contra de esa idea, el problema es lo que subyace a ella. Cuando nos dicen que tenemos que esforzarnos, en realidad de lo que nos quieren convencer es de que tenemos que competir unos contra otros.
  • El inconveniente de esta pretensión es que el punto de partida no es siempre el mismo para todos; los estudios han demostrado fehacientemente que una persona de un barrio popular parte con mucha desventaja frente a otra que ha nacido en un barrio pudiente. De tal modo que, si somos poco observadores enseguida nos daremos cuenta de que la cultura del esfuerzo que nos quieren inculcar, desde la más tierna edad, es una trampa y una quimera cuyo objetivo real es conservar el statu quo

Digámoslo del siguiente modo, el poder para la izquierda tiene varias fuentes de legitimación. La primera de ellas es, la construcción conjunta de la idea misma del poder. La segunda es, la permeabilización a la sociedad de dicha idea, esto se puede ver en la obsesión de los partidos de izquierdas por buscar mecanismos de legitimación popular del liderazgo. La tercera concepción, es construir el consenso alrededor de las ideas que generalmente no satisfacen a todos por igual.

Hay que constatar que es en este último punto donde surgen la mayoría de los problemas y donde finalmente se enquistan los debates. En efecto, el problema no es solo debatir sobre el poder y construir consensos, el verdadero escollo es como dicho debate acaba adquiriendo vida propia. La discusión en el seno de la izquierda nunca es finita; es un dialogo ontológico y en permanente movimiento; consecuentemente la propia concepción del poder se renueva y  se redefine permanentemente.

En definitiva, a diferencia de la derecha, el poder en la izquierda nunca es una imagen fija. Sustanciar el relato del poder en la izquierda generalmente es largo, tedioso y puede resultar incluso decepcionante pero es absolutamente necesario.  

Ahora dejémonos de florituras y volvamos a la realidad que nos incumbe. Estamos a las puertas de unas elecciones en Andalucía y ya prácticamente vislumbramos a lo lejos la convocatoria de las generales. Mientras que las derechas han cerrado sus debates internos, sus candidaturas y han afilado sus armas preparándose para cada una de las contiendas, aparentemente la izquierda sigue sin aclarar absolutamente nada y enzarzada en lo que parece una disputa interminable, incluso allí donde los debates parecían cerrados se han vuelto a reabrir o al menos eso parece. Digo “parece” porque no quiero darle carta de validez a lo que se dice y se publica y porque quiero, además, ser comprensivo con la izquierda y sobre todo coherente con la idea subyacente a este artículo. 

Tengo que reconocerlo, a pesar de todo lo aparentemente negativo, yo sigo siendo optimista. Estoy esperanzado y pienso que la izquierda está atravesando su particular y necesario calvario. Muchos estarán casi al borde del colapso, incluso a punto de perder la fe. Yo no lo voy a hacer; personalmente pienso que, todo lo que sucede actualmente con la izquierda es absolutamente consustancial a su ser, por supuesto podríamos ser mucho más ágiles y eficaces, incluso resolver nuestros problemas y debates a golpe de portazos, sin duda seríamos mucho más felices  pero, la pregunta que me hago, si así fuera ¿seríamos la izquierda? Pienso que la izquierda sin debates, que a veces pueden parecer incluso peregrinos y bizantinos no es izquierda.

Pienso que, de vez en cuando, la marcha por el desierto de las ideas es algo que la izquierda debe atravesar. Una izquierda que, de vez en cuando, no se renueva y se reinicia es una izquierda estéril y está condenada a la desaparición.

El ejemplo lo tenemos estos días en el Partido Socialista Francés (PSF) y lo tuvimos antes en el Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK). El PSF está siendo engullido ante nuestros ojos y con cierto asombro por una izquierda dinámica y renovada, mientras que el PSOK no ha sido capaz de resistir una mínima sacudida. Es cierto que en España, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) parece resistir la embestida, pero hay que recordar que España siempre llega tarde a los grandes acontecimientos políticos.

Es más, la resistencia del PSOE se debe, por una parte, a los errores de la propia izquierda y, por otra al enorme empeño del establishment político, económico y mediático en  proteger al artífice del actual ecosistema político español y sobre todo no podemos olvidar que el PSOE es un partido de ciento cuarenta años y goza de una robustez y una implantación territorial que a día de hoy le ha permitido resistir. 

Muchos militantes de base, de la izquierda, estarán hoy escandalizados con lo que sucede en Andalucía; algunos estarán pensando que la izquierda no ha aprendido nada del pasado y que siguen igual que niños pequeños jugando en un recreo de un colegio de primaria. Es posible que después de todo lo que hemos pasado aún no hemos aprendido a lavar nuestras prendas en nuestra casa y que seguimos radiando nuestras diferencias ante nuestros enemigos sin pudor. En consonancia de lo sostenido unas pocas líneas más arriba, pienso que esa es una batalla perdida y lo digo por dos motivos:

  • La primera es interna, ya he dicho que el poder en el seno de la izquierda es societal, eso es que atañe a toda la sociedad en su conjunto y a todos sus niveles. La izquierda no puede evitar ser lo que es y sobre todo no puede evitar que sus debates se manifiesten en la plaza pública. De no hacerlo así dejaría de ser la izquierda y se convertirá en otra cosa, en otras palabras se convertirá en aquello que no quiere ser. 
  • La segunda es externa, cualquier debate en el seno de la izquierda se acabará convirtiendo en un show mediático. Las derechas están a la espera y cogerán al vuelo cualquier atisbo de conflicto en el seno de la izquierda convirtiéndolo en un problema;  lo hará incluso cuando dicho conflicto es puro artificio. 

Los militantes de la izquierda estamos obligados, siempre, a movernos en una especie de disonancia cognitiva, estamos condenados a surfear una marea que en multitud de ocasiones es un macareo peligroso. No obstante si me aceptan un consejo, les remito a Pierre Bourdieu, recuerden siempre que la opinión pública no existe, de lo que se trata a fin de cuentas es de una opinión publicada y por tanto  de unos intereses concretos, muchas veces inconfesables. Como decía Rafael Correa desde que se inventó la imprenta, la libertad de expresión es la voluntad del dueño de la imprenta. Pero eso mismo, no quiere decir que tengamos que ser pasivos ante los esperpentos de nuestros dirigentes, nada más lejos de la verdad, dado que el poder es societal todos tenemos el privilegio y el compromiso de participar activamente en él, sea de donde sea.  

A día de hoy, hay motivos para el desánimo. Pero ello, puede deberse a que nuestra mirada está anclada en las contiendas electorales. Si así fuera, les invito a que abran el abanico de su mirada. El campo de la contienda es mucho más amplio, es posible que el 20 de junio próximo nos levantemos con un sabor agrio y con Macarena Olona negociando consejerías en la Junta de Andalucía, que sin duda sería una debacle pero, con dodo ello, la batalla no termina en un parlamento autonómico, ni mucho menos. La derrota final no es sacar un mal resultado en unas elecciones autonómicas, la verdadera capitulación es pensar que ya no hay más horizontes a continuación de una votación, a fin de cuentas ser de izquierdas no empieza ni tampoco acaba en los partidos políticos. 

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