La revelación para la revolución

J.L. Torremocha Martín

Luis Cabrera comparte una suma de relatos, testimonios propios y ajenos con el objeto de arrojar luz en las luchas que se desarrollan en los EEUU por las nadies.

Indulgencias invisibles es un alegato en contra de las guerras. Las imperialistas y las domésticas. La de Iraq y la que devastó a Detroit (1).  Un recordatorio de las vidas precarias en EEUU: los bajos salarios, las horas extras que no se abonan, o la ausencia de un seguro médico. Hechos que alimentan la pérdida del miedo y activan dispositivos como las huelgas (2). Realizadas en su mayoría  por militantes anónimos, sin los que no sería posible alcanzar el simbolismo de hitos como el de Rosa Parks cuando ocupó un asiento reservado a la población blanca en un autobús de Montgomery, Alabama (3).

Luis Cabrera defiende y divulga las resistencias invisibles en los EEUU. Las contrapone con la visión que tiene Europa Occidental con la potencia que les domina, a la que necesitan caricaturizar porque la hegemonía cultural estadounidense resulta aplastante (4). Pone rostro a mujeres y hombres que enarbolan el We were the ones we were waiting for (somos los que estábamos esperando) proclamado por la poeta sudafricana June Jordan (5). Con una cierta autocrítica cuando se refiere a la academia a la que pertenece, capaz de negar “la inteligencia propia de los movimientos sociales”.
Aquella epistemología de sus propias herramientas teóricas, no generadas en universidades y tanques de pensamiento. Las luchas desde abajo sortean a juicio de Cabrera “la mutilación burguesa interesada en calmar conciencias y apagar fuegos” cuando intelectuales analizan por separado teoría y praxis (6). El autor plantea el dilema de quién se puede permitir qué, así como la condición social en ocasiones de aquellas personas que abusan de la frase  “vamos despacio porque vamos lejos” (7).

Cabrera alerta sobre la ingenuidad ante la producción del conocimiento académico desde los EEUU, “el cual se financia con la ‘coca-cola del minero boliviano’ (llámese Ford, Pfizer o Apple el benefactor)”,  al tiempo que es creado y divulgado en lugares de segregación de la mayoría de la población estadounidense” (8). Obviedad como que disfrazarse de persona negra es racista (9), o que la esclavitud como apuntó Du Bois es un mecanismo de acumulación decisivo para desarrollar la  industrialización y sostener la sociedad el consumo. También para el nacimiento de una “aristocracia laboral” compuesta por quienes trabajan con derechos, frente a aquellos individuos “menos que humanos” que su rutina se basa en sufrir el escarnio (10). En este sentido la legislación Jim Crow cumplió con los fines segregados que planteaba, y promovió la lucha del último contra el penúltimo para que los blancos de clase blanca se sintieran superiores a la población negra de los EEUU (11). 

La utilidad del racismo

Forma parte de los manuales de las élites políticas y financieras prevenirse ante una alianza interétnica que cuestione sus privilegios. Los medios de comunicación de masas lanzan mensajes sobre todo en periodos de crisis contra minorías étnicas. El objetivo es que la población blanca empobrecida proyecte su ira y el racismo resulte funcional para que las élite duerman tranquilas (12).
Racismo mediático e institucional. Habla por sí solo que el número de personas negras encarceladas es un 450 por ciento superior al de hace 40 años, y en todo ello el proceso de privatización sin duda juega un papel crucial (13). 

Cabrera defiende la totalidad contra el capitalismo e imperialismo, en ella “la clase [obrera] es solo una de sus contingencias históricas, una de sus expresiones, no la única”.  Por lo tanto, ello exige entender las reivindicaciones asociadas a raza, etnia y sexualidad en relación al modo de producción capitalista y sus proyectos imperiales (14). El libro recoge la entrevista a Roberta Alexander, integrante de los Panteras Negras capaz de salir indemne tras una protesta estudiantil contra la Guerra de Vietnam en Madrid y ser llevada a los cuarteles de la DGS situados en la Puerta del Sol, donde entonó el You shall overcome después de escuchar la Internacional que cantaba otra gente reclusa en el centro de la tortura de la capital española (15). 

Alexander considera que los puntos más importantes del programa de las Panteras Negras tienen hoy vigencia: “pleno empleo para nuestra gente”, “el final de la explotación capitalista de las comunidades negras”, “fin inmediato de la brutalidad policial”… “Tierra, pan, vivienda, educación, justicia y paz”. “¿Quién puede decir que esto no sea bueno?” (16).

Cuando los medios de EEUU convierten en norma poner el foco en las anécdotas más desagradables de una manifestación y no a la marcha en sí: queda claro que no resultan positivas las reivindicaciones citadas en el párrafo anterior para algunos sectores. Incidir más en los desórdenes que causan en individuos aislados tiene como fin de de descalificar la protesta, y por lo tanto no resulta inocente esta treta. Más cuando se enfoca en las personas negras para sacar a flote el racismo que se halla en el subconsciente de la audiencia (17).

Cabrera no obvia los microracismos en los testimonios aportados, una afrodescendiente compañera suya de la universidad afirma: “Algunas miradas hacen daño, invaden, reproducen la dominación, pero son las personas las que hay que cambiar – me recuerdo Fátima – es la estructura que les permita ser así” (18). Palabras implacables que bajan a tierra toda teoría.

Muros, expolios y nuevas identidades

Once millones en los EEUU carecen de derecho de ciudadanía, con libertades de movimiento restringidas, yendo del trabajo a casa, y del domicilio a laburar con el miedo permanente en el cuerpo a ser deportadas (19). No disfrutan de la idea generosa de libre elección que ofrece el liberalismo. O sí, se escoge entre la explotación neocolonial en las zonas rurales de sus países, desempeñarse en la maquiladora, y sortear la muerte al cruzar las múltiples fronteras a costa de sufrir la explotación y el racismo en norteamérica (20). 

Las referencias recogidas en Insurgencias invisibles sobre Omar Pimienta, tijuanense que cruza a frontera para trabajar, estudiar y mostrar su arte y poesía, ofrecen sabias reflexiones actuales como que la nostalgia del barrio irá a más fruto de la globalización (21).  No pasa desapercibida la historia de la estudiante latina Yesenia, quien carga con el peso de sentir que debe renunciar a sus raíces para no incomodar a estudiantes estadounidenses, en otras palabras: traducir su identidad (22).

Cabe recordar que previamente las fronteras cruzaron a los habitantes que hoy transitan ambos países, aunque se obvie. La firma del tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848 convirtió en territorio estadounidense la mitad de México. Al actual Estado de Texas, que ya había sido anexionado previamente, le siguieron California, Nevada, Arizona, Nuevo México, Utah, Colorado y partes de Wyoming y Arizona. Cientos de miles de personas pasaron a ser extranjeros de un día para otro. Para construir el relato EEUU difundió mitos como la batalla del Álamo como parte de sus campañas de guerra (23).  Los colonos implementaron el sistema de dominación, extendieron el sistema de plantaciones, desarrollaron la industria ferroviaria entre otras. EEUU de golpe se apoderó de los territorios en los que se hallaban el 75 por ciento de los recursos naturales de todo México (24).

Indulgencias invisibles describe como los cimientos de construcción de EEUU se basan en el expolio de los territorios en los que habitaban los pueblos milenarios. La esclavitud posteriormente aumentó la acumulación de capital por parte de las élites actuales. También por la deshumanización del otro. La misma idea que en las guerras coloniales desarrolladas en Vietnam (25). Como indica Aimé Césaire, hay similitudes en las formas de dominación que ejercen los imperios dentro y fuera de sus fronteras (26). Donde los nadies ocupan el eslabón más bajo también cuando llenan los ejércitos, Martin Luther King no se equivocó al hablar sobre la guerra de Vietnam: “Nos hemos visto confrontados repetidamente con la cruel ironía de ver a jóvenes blancos y negros en las pantallas de nuestra televisión matando y muriendo juntos por una patria que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas; los hemos contemplado en brutal solidaridad quemando las cabañas de una aldea pobre, aunque sabemos que nunca podrían vivir en el mismo bloque en Detroit” (27).

El mismo Cabrera detalla un operativo por parte del swat team en Oakland del que fue testigo, el cual por su desarrollo y el material bélico empleado le recordó a las imágenes que se proyectaron del ejército de los EEUU durante la ocupación de Bagdad. El desproporcionado despliegue  por parte de las fuerzas de seguridad del Estado quedó en un segundo plano en las líneas del Oakland Tribune. La cabecera a los dos presuntos fugitivos afroamericanos, de manera muy sutil por el relato y la presentación del texto publicado, les convirtió virtualmente en culpables (28). 

Sobre el racismo institucional que asesina a jóvenes negros como Óscar Grant también hace seguimiento el autor. Los sucesos posteriores al crimen fueron entre otros disturbios en las calles, injustificables por parte de los medios de comunicación, y equiparables al baleo sobre Grant (29). 

Tanoka, estudiante y activista afroamericana que compartió barrio con Cabrera es certera en su análisis: “Los destrozos son una respuesta desesperada, el último recurso cuando te han negado tu humanidad, toda la vida, cuando ni las palabras ni los gritos consiguen deshacer un nudo de impunidad y violencia que amenaza con reducirte a una existencia inhumana o a la muerte” (30).

Cabrera defiende que la política es simplemente “todo aquello que no se inclina frente a lo imposible” (31). Y va mucho más allá de la exigencia de visibilización de las luchas que narra y hace parte. “No aspiramos a dejar de ser invisibles, sino a destruir la máquina que reparte visibilidades e invisibilidades, opresores y oprimidos, explotados y explotadores, ellos y nosotras”, sentencia con rotundidad (32).

REFERENCIAS:

(1) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 12.

(2) Ibid, p. 14.

(3) Ibid, p. 16.

(4) Ibid, p. 17.

(5) https://poets.org/poem/poem-south-african-women

(6) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 19.

(7) Ibid, págs. 22-23.

(8) Ibid, p. 27.

(9) Ibid, págs. 78-79.

(10) Du Bois (1969). Black Reconstruction in America (1860-1880). World Publishing. Cleveland.

(11) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 37.

(12) Ibid, p. 37.

(13) Ibid, p. 39.

(14) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 40.

(15) Ramos, M. (2022). Antifascistas. Editorial. Capitán Swing (Madrid). págs. 35-38. 

(16) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 72.

(17) Ibid, p. 190.

(18) Ibid, p. 88.

(19) Ibid, p. 95.

(20) Ibid, p. 96.

(21) Ibid, p. 104.

(22) Ibid, p. 154.

(23) Ibid, p. 93.

(24) Akers, J. (2006). No One is Illegal: Fighting Racism and State Violence in the US-Mexican Border. Haymarket Books (Chicago). P. 103.

(25) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). P. 169.

(26) Aimé, C. (2006). Discurso sobre el colonialismo. Editorial: Akal. Madrid. 

(27) http://informationclearinghouse.info/article2564.htm

(28) Martín Cabrera, L. (2015). Insurgencias invisibles:resistencias y militancia en los EEUU. Editorial: Oveja Roja. Torrejón de Ardoz (Madrid). Págs. 242-244.

(29) Ibid, págs. 250-251.

(30) Ibid, p. 255.

(31) Ibid, p. 31.

(32) Ibid, p. 265.

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