Verano en rojo

Texto:J.L. Torremocha Martín / Foto: @fiestaslavapies

Llegó el solsticio estival, hace no tanto asociado a las vacaciones pagadas. Un derecho como el resto de avances fruto de la lucha y sellado en España durante la incipiente Segunda República. Entonces se concedieron siete días al año. Casi un siglo después la mayoría de las personas que pueden disfrutarlas encajan los 22 días laborales entre julio y agosto. Son 8 días menos de los que disfrutan las poblaciones de Francia y Finlandia. El Reino Unido cuenta con 28 y Países Bajos 29. La normativa comunitaria marca 20 días laborables como el mínimo a cumplir. No existen vacaciones pagadas en los EEUU. Por su parte, quienes se desempeñan en América Latina tienen 15 días de remunerados de promedio en Colombia, Chile, Guatemala y Venezuela. La legislación en Argentina, Ecuador o El Salvador otorga al menos 14 días seguidos y en Costa Rica una docena de fechas hábiles al año.

No hay consuelo posible para la mayoría social de este territorio del sur de Europa. Las personas jóvenes de hoy- como las que se hallaban en dicha franja a finales de los 90- tienen la ilusión de tomar el Interrail, cargar una mochila y aprovechar la fortaleza de dormir en estaciones si es preciso o abigarrados hostales sorteando siempre el dolor de espalda. Por fortuna no sienten nostalgia si escuchan la canciónCuando era más joven de Joaquín Sabina y Viceversa. 

Quienes han cumplido con el deber de perpetuar la especie preparan los planes a los cuidados que marca la crianza. Las personas que tienen mascotas se enfrentan el dilema de incluirlas en el desplazamiento o dejarlas en el domicilio propio, ajeno o espacios habilitados para despreocuparse.

Madrid ya no se vacía en agosto ni en Semana Santa. El turismo local, nacional e internacional ha cambiado con respecto a unos lustros atrás. Cientos de miles no disfrutan de vacaciones porque carecen de trabajo o por otras circunstancias que convierten este derecho en un papel mojado

El encarecimiento de la vivienda, el porcentaje elevado de renta que se dedica vivir bajo un techo, la intolerable pobreza laboral, los 13 millones de personas que se hayan en riesgo de exclusión son hechos tan contundentes como poco visibles en los medios españoles. Ante las olas de calor, sequía y carestía los sofocos propios de estas fechas quedan o en molestias o tortura según la renta. 

El verano expone los contrastes sin salir de la ciudad. Basta con observar quien permanece en las terrazas por el periodo de tiempo, consumo, y posición.
Madrid Río, el Parque del Oeste, el Retiro o la Casa de Campo muestran las libertades no vinculadas al consumo tan vacío propio de los locales climatizados, parques acuáticos y calles gentrificadas. Los espacios verdes y abiertos facilitan que al mal tiempo se le ponga buena cara y ejercer la resistencia. Basta con un libro, una lata y la buena conversación en el banco  frente al río.  Malabaristas, parejas, solitarios, músicos y también turistas con carencia de vitamina D enriquecen aquellos lugares urbanos con árboles, regentados por quienes se alejan del consumo  y no normalizan las injusticias del precariado.

El tsunami en forma de turistificación impide disfrutar de la belleza en la capital a quien la habita. El modelo de explotación expulsa a decenas de miles de sus casas, las plataformas que con la complacencia de las autoridades locales, autonómicas y estatales operan aquí y en otras ciudades del planeta. Constantemente nos tientan a conocer Berlín, Londres o Roma para contribuir -con conciencia o no- a sacar del barrio a la ciudadanía. Caramelo envenenado o pastilla para el olvido en los casos de las personas con menos ingresos que se alojan en viviendas bajo esta fórmula y sufren los efectos de la gentrificación en su país de origen. Sin olvidar que las opciones más comunes para la población empobrecida a la hora de viajar pasan por disfrutar del sofá que las personas expatriadas brindan, o en el caso de la juventud: los hostales.

No falta el folklore. Durante estas fechas proliferan los festivales en todo el territorio, así como las fiestas de pueblos y barrios. Lo popular en las ciudades a la fuerza  no ha dejado de ser popular y aunque también desembarcan los huéspedes de los pisos turísticos a las verbenas no se pierde el sabor autóctono. 

Aun así poner todas las fichas al turismo condena a buena parte de la población española a ocupar puestos temporales, estacionalidad en el empleo que no ha desaparecido por mucho que lo haya pregonado el Gobierno más progresista de la historia en sus dos versiones. A la hostelería le sobran los ingresos como las razones para quejarse hasta el punto de estigmatizar a los jóvenes por no tragarse las condiciones laborales que en otros tiempos aceptaban sin rechistar.

Pero a las poblaciones capitalinas siempre le quedará el pueblo. La migración interna de hace 50 años hizo que los gatos bordeen la extinción y cuenten con la localidad de sus progenitores como propia. Quienes llevaron a cabo el proceso son los más apegados a las municipalidades donde se criaron.  Las necesidades de las personas mayores, las trabas a todos los niveles que se hallan en la ciudad y los depósitos de seres humanos en el que han convertido las residencias condenan a quienes lo dieron todo por garantizar los mejores veranos a quienes criaron.  Ya es sabido que las sentencias de Madrid son condenas a muerte. A lo que hay que sumar que la pobreza energética mata de frío en invierno y asfixia en verano a las personas más longevas.

Alertas que anuncian el infierno en la tierra también en las capitales del mundo enriquecido. Poco perceptibles e intermitentes, pero con todo… ¡Feliz verano!

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