La caverna de Platón, la política como show televisado

Yamani Eddoghmi

Algunos expertos, nos dicen que la política se ha vuelto muy espectacular, la llaman la “política espectáculo”. Argumentan que dado que los partidos políticos han perdido su centralidad y que quien realmente tiene la sartén por el mango son los líderes, la espectacularización de la política se ha vuelto una necesidad. Los líderes precisan de la exposición permanente en las plataformas televisivas o de cualquier índole para garantizar ser vistos y conocidos por el público. Además, nos dicen, es la única forma de colocar el mensaje, es más, se podría decir que el mensaje es el medio, eso es, los líderes. En términos de Ernesto Laclau, el líder se convierte en el concepto vacío, en el cual se vierte todo el sentido del ser político del proyecto en cuestión. 

Si nos fijamos en la práctica política de estos últimos años, en seguida nos damos cuenta de que efectivamente la tesis arriba expuesta se ajusta bastante a la realidad. La política se ha convertido en un espectáculo sin pies en el suelo; toda ella es una sucesión de titulares girando alrededor de lo que dicen y lo que hacen los líderes. Durante las campañas electorales lo verdaderamente relevante es el seguimiento que hacen los mass media al líder y cuan conocido es este. Los asesores en materia de comunicación compiten entre sí para colocar sus jefes en el prime time, aún a costa de hacer el ridículo. Cuántas veces hemos visto un líder bailando, subido en un tractor, dándole de comer a una vaca, incluso haciendo surf a pesar del absoluto desinterés por parte de los dirigentes políticos en estas cuestiones.  

Casi nunca por no decir jamás se habla del programa político del partido al cual pertenecen o representan. Ya casi no sabemos las medidas exactas en materias claves como la política laboral, social, etc. No obstante, si sabemos todas las opiniones y posicionamientos en ocasiones estridentes del líder sobre temáticas de poco o nulo interés para el conjunto de la sociedad, por ejemplo sus pasatiempos favoritos, si son más de futbol o de baloncesto, si son más de carne o pescado;  cuanto más bizantinos mejor, es como vivir en un reality show donde lo importante es la banalidad y la audiencia. 

La praxis política se ha vuelto una aburrida y decadente exhibición de perfiles que responden más a las discusiones de parroquianos en una barra de bar, que de un hecho serio con capacidad performativa y de enorme influencia sobre nuestras vidas. La política se ha transformado en el “contra quien” en vez de “para qué”. Se presupone que  la política es la gestión de la Res pública, la encargada de dirimir los conflictos sociales, nada más lejos de la verdad, la política es ante todo la consecución y el mantenimiento del poder. Al menos las derechas y su marco, que a fin de cuentas es el hegemónico, así la entienden. Mientras tanto la izquierda, si es que aún existe alguna, sigue anclada en la idea del gubernismo y la gestión administrativa. Ya no del poder porque casi nunca lo tiene, sino sencillamente: la gestión administrativa y pasajera de algunos resortes del Estado. 

Desgraciadamente, la izquierda ha caído en dos trampas mortales, la primera de ellas es quizás la más seria y de la cual deriva una segunda con consecuencias nefastas para el conjunto de la sociedad y que hace que el discurso político gire hacia marcos de la derecha, veamos: 

  • El primero de los errores y que desde mi punto de visto es el pecado original es considerar unas ciertas corrientes políticas, con parcelas discursivas progresistas o que se podrían encuadrar en el progresismo, como izquierda. Me refiero a esas plataformas políticas cuyos proyectos políticos son sumamente limitados, cuyo alcance son temática o espacialmente muy cerrados. Un partido político que hace de un tema muy concreto o cuyo alcance territorial se circunscribe a un espacio limitado, a mi juicio no se le podría considerar como partido político, a no ser que dicha limitación territorial tenga un razonamiento de exclusión social, histórica y política. En el caso contrario no le veo ningún sentido. A mi entender los partidos políticos de izquierdas deberían tener un proyecto político global y de cambio social total. Una organización cuya lucha se fundamenta en una sola temática, debería ser considerada un colectivo aliado, pero nunca un partido político.  Un partido político, con pretensiones de justicia social, igualdad, ensanchar los derechos civiles y sociales, etc. No puede circunscribirse a un territorio y mucho menos a una temática única. Un partido político por su propia definición es una maquina política que pretende el poder, con el objetivo de llevar su proyecto político a todas partes, de lo contrario pierde su razón de ser. 

  • La segunda, deriva de la primera, es un discurso fragmentado sin rumbo, inconexo y sin sentido; que solo representa a una minoría social, aunque con mucha capacidad de influencia sobre la sociedad. Me refiero a esa minoría gentrificada con recursos tanto materiales como culturales para poder imponer su modo de vida como forma deseable para el conjunto de la sociedad aunque muy pocos, pueden permitírselo. Esa manera de concebir la vida en sociedad, generalmente inalcanzable para la mayoría genera ansiedades colectivas difíciles de resolver. 

Digámoslo del siguiente modo, es muy difícil armonizar los dos conceptos: la “vida buena” y la “buena vida”, la primera persigue la virtud, mientras que la segunda se basa principalmente el placer. Un placer casi siempre costoso y que tiene que ver principalmente con la cultura del consumo, un estilo de vida hedonista y sobre todo conformista. El problema en el cual nos encontramos ahora, derivado, a mi juicio del pecado original arriba, es que la hegemonía de proyectos supuestamente políticos, con ideas fragmentadas y que representan a minorías muy influyentes es que la idea de la “buena vida” basada en el placer nunca en la virtud se ha vuelto dominante.  

El hecho y la consecuencia es que vivimos en la permanente política de la distracción y la ocurrencia. Lo importante ya no son las propuestas transformadoras y trasgresoras. Cuando se habla de esas políticas, el objetivo nunca es darles salida política, con políticas públicas reales, el objetivo es marcar el relato durante un breve momento, mientras se prepara la siguiente distracción. 

Fíjense en los últimos tiempos en España: hemos tenido una lucha fratricida en el seno de la izquierda; una carta del presidente del Gobierno con su correspondiente reflexión de varios días; una supuesta discrepancia, poco aireada, dentro del Partido Popular, una Isabel Díaz Ayuso echada al monte y que no da tregua al pobre Alberto Núñez Feijoo, una refriega sin consecuencias para el líder del PP; la (no)renovación del Consejo General del Poder Judicial, que cuando realmente era necesaria se hizo sin mayores inconvenientes, casualidades de la vida, en la comparecencia de los dos negociadores del PSOE y del PP, para más inri fuera de España, nos enteramos que las negociaciones llevaban en curso siete meses; la recepción de un ultra liberal, como Miley, primero por parte de Santiago Abascal y luego por parte de la presidenta de la Comunidad de Madrid, con sus correspondientes premios y crisis diplomática entre el España y Argentina; unas elecciones europeas en las que la extrema derecha se hace más fuerte aún; convocatoria exprés de la elecciones por parte del presidente francés; elecciones legislativas británicas; un enconado debate sobre la idoneidad del candidato Biden a la reelección para un segundo mandato; la Eurocopa; etc. 

Mientras todo esto pasaba, nos hemos olvidado de la solidaridad con el pueblo palestino en Gaza, el genocidio sigue su curso; la guerra en Ucrania ha pasado a un segundo plano; la OTAN está renovando sus estructuras bélicas ante nuestras narices, el problema de la vivienda en nuestro país, salvo por ocurrencias puntuales ha dejado de ser la principal preocupación de la sociedad; ya no se habla del coste de la cesta de la compra; la contestación al deterioro del sistema público de salud ha pasado a mejor vida; el debate sobre el retroceso en Derechos Sociales y Civiles casi no existe, etc. 

Todo ello es una estrategia bien orquestada, cuyo único objetivo es la distracción. Distraernos de lo verdaderamente relevante. La máquina del espectáculo funciona a pleno rendimiento. Desviar nuestra atención, desenfocar nuestra mirada, hacernos objetos y comparsas del gran show político. Mientras la mayoría seguimos siendo los grandes perdedores, la “Caverna de Platón”, está a la orden del día. 

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